El fugitivo que dibujaba pájaros, Lidia Jorge.

Saudades, só portugueses/ Conseguem senti-las bem/ Porque têm essa palavra/Para dizer que as têm.
Fernando Pessoa

Que el término saudade haya germinado con tanta fuerza dentro de la lengua portuguesa se deriva de que, como escribe Pessoa, «só portugueses conseguem sentí-las bem». Pero ¿por qué son ellos, precisamente, los que saben sentirla bien? La historia portuguesa del siglo veinte brinda algunas pistas:

  • Portugal sufrió uno de los regímenes dictatoriales más duraderos de toda Europa –el denominado Estado novo se mantuvo durante cuarenta y ocho años-.
  • Entre 1950 y 1980 el porcentaje de población rural en Portugal se situaba en torno al 68% y 58% (mientras que, por ejemplo, en España dicho porcentaje se sitúa alrededor del 49% en 1950 y el 27% en 1980).
  • A finales de la década de 1960, abandonaban anualmente el país cerca de cien mil personas.

Encontramos, por tanto, un país sumergido en una dictadura persistente y duradera, con unas condiciones de vida precarias, una constitución demográfica puramente rural y con una gran tendencia a la emigración.
Es posiblemente este último rasgo, la gran tradición migratoria lusa, lo que ha permitido en mayor medida el gran desarrollo del término saudade, porque cada emigrante es una tragedia; una tragedia tanto por lo que él abandona como por aquello que es abandonado por él.

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Lidia Jorge

Los Dias, ingredientes para un culebrón portugués.

Ambientada en San Sebastián de Valmares, una población del Algarve, la historia de El fugitivo que dibujaba pájaros (O Vale da Paixão, en portugués) se abre y vertebra alrededor  del encuentro nocturno entre la narradora –la nieta mayor del clan de los Dias- y Walter Dias, su tío. Este encuentro funciona como punto de partida para desembrollar una suerte de culebrón familiar en el que tiene cabida todos los elementos básicos y constituyentes de dicho género:

  • La protagonista: Una condición sine qua non para las telenovelas es la existencia de una protagonista de género femenino. En este caso no iba a ser menos: la narradora de la historia, aquella niña que a principio de la novela se encuentra en su habitación con su tío, es, a pesar de la versión española del título, la verdadera protagonista. Ella es la encargada de narrar -y gracias a la acción de narrar- desenmarañar el galimatías de la familia Dias.
  • La mansión: Valmares, la residencia familiar, es el universo de esta peculiar tragedia familiar. Bajo su techo se acata el liderazgo y el orden impuesto por Francisco Dias. No hay nadie que se salte las reglas, como tampoco hay nadie que no acepte su destino:
    «Los Dias unidos, los Dias fatigados, ejemplares, cultivando las tierras del padre desde niños como si ya fuesen suyas, dando ejemplo a las otras familias, comprando solares de piedras por una bagatela que, en sólo un año, con la fuerza de sus brazos, transformaban en habares cuidados como jardines.»
  • El rebelde/galán: A decir verdad, si que hay alguien que no acepta las órdenes del patriarca: Walter. Éste, hijo menor de Francisco, lleva años viajando por el mundo. Es también el único miembro de la familia que no se dedica a cultivar las tierras del padre; su pasión es dibujar pájaros. ¡Ah! y las mujeres.
  • Un amor imposible: ¿Qué sería de las telenovelas sin la historia melodramática de un amor trágico y plagado de dificultades? El fugitivo que dibujaba pájaros va un poco más allá; el amor imposible es aderezado con una niña abandonada, un hermano cornudo y varios secretos truculentos.

Todos estos elementos no sólo conforman un drama familiar concreto: Los Dias, sus retratos y roles dentro del entramado familiar funcionan a modo de transliteración de la historia portuguesa del siglo XX. Dentro de este ejercicio destaca una relación tríadica entre diversos conceptos, figuras y sus respectivas saudades:

(I)

  • Conceptos: Patriarcado / Dictadura / Inmovilismo / Atemporalidad.
  • Figura: Francisco Dias es más que el simple personaje de Francisco Dias; personalidad, fuerza y autoridad no son meros rasgos individuales, son el carácter propio de la dictadura portuguesa. De hecho, él es la dictadura misma.
  • Saudade:
    • Añoranza de los tiempos pasados.
      • «Oía a Francisco Dias salir a la calle, en la alta madrugada, para cepillar a la última mula. Se quedaba oyendo…, él no quería separarse de la última bestia, no quería romper el último lazo animal que lo ataba al movimiento de tracción animal contemporáneo y artífice de la construcción y financiación de la casa. Por la mañana se lavaba, se vestía, arreaba a la mula e iba a ponerse con los brazos cruzados en mitad del patio. Continuaba esperando, al contrario que la nieta.»
    • Añoranza del poder perdido.
      • «Por lo demás, a mediados de los años setenta (la dictadura finaliza en el 74), Francisco Dias no admite que haya habido alteraciones tan opuestas a su concepción de vida, tocándole en la razón de su pasado y en el fondo de su propia esperanza y que ellos no quieran socorrerle. La melancolía le inmoviliza en medio del patio, esperando, ante el portón abierto de par en par. No entiende que los hijos de aquellos a quienes antes daba trabajo, aquellos que iban a hablar con él con los ojos en el suelo, los que decían diez veces, gracias, cuando por acaso les adelantaba diez escudos, o les pagaba el jornal por entero, si por casualidad se veían asaltados por un dolor en el trabajo y necesitaban abrigarse en los pastos, que esos estén ahora sentados a las puertas, sin hacer nada, y que sus hijos compren terrenos, negocios y casas como si fuesen ricos.»

(II)

  • Conceptos: Liberación / Fuga / Renovación.
  • Figura: Walter Dias. Frente al padre siempre se encuentra el hijo. Ambos se enfrentan, ambos defienden diferentes posturas y concepciones del mundo. Todo hijo, en algún momento, debe ser fugitivo de su padre, al igual que todo país debe huir de su historia –sobre todo si ésta está marcada por el signo de la dictadura-.
  • Saudade: Toda fuga/liberación conlleva una perdida y un sacrificio:
    • «Está vestido como antiguamente, un antiguamente indefinido, más antiguo que el tiempo de su visita a Valmares, ese día glorioso de casi tres meses. Mira los objetos. Ella siempre supo que los objetos son parte profunda del ser. Él, allí, estaba rodeado por sus objetos. Él está allí, aplastado por la presencia de la antigua sobrina, la salteadora de la escalera, aquella que le hizo subir en la noche de lluvia sin quererlo, tal vez sin desearlo. Cabizbajo, avergonzado, delante de la hija.»

(III)

  • Conceptos: Narración / Crónica / Historia.
  • Figura: La narradora de El fugitivo que dibujaba pájaros es el cuerpo sobre el que los enfrentamientos entre padre e hijo deja marca. Su cuerpo, y las marcas imborrables que quedan en él, son el signo de la historia, la crónica de una lucha constante.
  • Saudade:
    •  No poder borrar las heridas de la historia.
      • «La muchacha vieja es una mujer muy antigua. Lleva un siglo dentro de la cabeza o quizá más, tiene el inicio de la Ilíada dentro de los párpados, tiene una infinidad de muertos aqueos y troyanos extendidos en su lengua, tiene el final de aquel libro en la cabeza y sabe que, hace millares de años, todo está amalgamado a lo largo de una playa bajo nueve capas de arena. Por eso sabe que no vale la pena dar un paso para cambiar, la comedia es la misma. Correr hacia adelante es ir al encuentro de lo que quedó atrás.» 
    • No poder huir.
      • «Al contrario que los demás que se fueron y no volvieron, ella se va, pero vuelve, vuelve siempre. Ella se encuentra presa al pie romo de Custódio Dias, a su mujer, a sus árboles, a las gallinas desaparecidas, a los últimos huevos, a las últimas puertas cancela, a las últimas meleneras y reatas, está presa a las últimas herramientas de la casa. No se puede salvar. Todas las cartas que llegue a escribir serán sobre esos objetos muertos que yacen  por tierra, que están colgados de las paredes, que están en la calle a la lluvia, en los agujeros de la luz de luna de los pájaros, en jerigonzas de las roldanas de los pozos… Está atada al sapo, a la salamandra oscura de rabo torcido, al álamo, al ciprés, al cementerio blanco donde sus antepasados deshicieron sus huesos, sus nombres atados al suelo, antes de desaparecer en los confines perpendiculares de la tierra, donde por casualidad también está la lápida del doctor Dalila. Está atada al corazón oculto de las piedras. Ni siquiera se va, sólo regresa.»

Nada antes, nada después, nada lejano y nada interior

José Saramago destacaba el peculiar sentido del tiempo que posee Lidia Jorge. Lo cierto es que, si bien, la trama y la poderosa escritura de la autora portuguesa son condición suficiente para tener en consideración el valor de dicho libro, lo que de verdad lo hace grande es su construcción temporal.
¿Qué tiene de peculiarLo primero que habría que destacar es que el tiempo de la novela se asemeja a la representación gráfica de las partes de un terremoto.

Epicentro

En primera instancia, encontramos un hipocentro (enfrentamiento padre e hijo) y un epicentro (encuentro nocturno entre Walter y la narradora). A este primer momento, que a pesar de ser dual se presenta como uno, siguen unas ondas sísmicas (la historia familiar que la narradora va desvelando). Lo distintivo es que lo que debería ser consecuencia del primer momento puede haber sucedido (y, en algunos casos, ha sucedido) con anterioridad. Es decir, no existe linealidad ni lógica causa-efecto:

«Para ellos, el ochenta y uno era más antiguo que el sesenta y dos, y el sesenta y dos se encontraba más alejado que el cincuenta y uno».

Los sucesos se representan con mayor o menor fuerza no por su proximidad temporal, sino por su proximidad natural.

Otro rasgo característico del tiempo construido por Lidia Jorge es que éste no tiene el mismo valor para todos los personajes – mientras que a Francisco Días «no le interesaba el sentido del antes y del después», la narradora considera que «correr hacia adelante es ir al encuentro de lo que quedó atrás»- ni fluye de la misma manera durante las distintas épocas:

«En el cuarenta y siete las comunicaciones eran demoradas, los meses, largos, las tardes no tenían fin, los viajes, lentos, daban oportunidad de pensar y volver a pensar, crear figuras entre ir y venir, entre lo que se pronunciaba y lo que se sabía. Cinco cosas daban para poblar una vida.»

El último rasgo distintivo es el privilegio del presente frente al pasado y al futuro. De hecho, nada existe fuera del presente. Nada antes, nada después. Sólo existe un ahora, poco importa que este ahora sea anterior, posterior, causa o consecuencia. Poco importa, pues «nada antes, nada después». Después de la noche en la que se encuentran la narradora y Walter Dias, nada. Antes del enfrentamiento entre Francisco Dias y Walter, nada. Antes de 1963, del 47 o de ese «ochenta y uno que era más antiguo que el sesenta y dos», nada. Sólo el presente fluye. Y fluye interminablemente, sin descanso, pues sabe, o parece saber, que antes y después de él sólo se encuentra el silencio.

Y junto al presente que fluye sin descanso, la prosa, incansable también, de Lidia Jorge. Una prosa compleja, con fuerza y personalidad. Una prosa desacomplejada que construye una historia repleta de secretos y silencios y que representa, también, una excelente invitación para adentrarse en la literatura portuguesa contemporánea situada más allá de Saramago y Lobo Antunes.


Datos del libro
Título: El fugitivo que dibujaba pájaros.
Autor: Lidia Jorge.
Editorial: Seix Barral.
Enlace: http://www.planetadelibros.com/lidia-jorge-autor-000012315.html

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