El mundo de ayer, Stefan Zweig.

Una vez más era la guerra, una guerra más terrible y de peores consecuencias que cualquiera anterior. Una vez más se terminaba una época, una vez más empezaba una época nueva.
Stefan Zweig. El mundo de Ayer

El mundo de ayer abre con toda una declaración de intenciones por parte de su autor:

«Jamás me he dado tanta importancia como para sentir la tentación de contar a otros la historia de mi vida».

Por tanto, aquel que busque una descripción pormenorizada de las idas y venidas de Stefan Zweig, debe seguir buscando, pues aquí no la encontrará. Sí, es cierto, el epicentro de la narración es la vida del escritor austriaco, pero aquellos elementos que configuran una biografía en sentido estricto –ese inventario de anécdotas, relaciones personales y paisajes íntimos- sólo aparecen de forma no significativa.
Entonces ¿qué hay en estas páginas? El relato de las convulsiones y del posterior derrumbe de una era y la destrucción de una idea: Europa.

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Stefan Zweig

Seguridad

Hija directa de la ilustración, la edad de la seguridad nace bajo el signo del dominio del hombre sobre la naturaleza. Éste se ha enseñoreado del mundo, lo ha ocupado y desencantado –mediante un proceso, descrito en La dialéctica de la ilustración de Adorno y Horkheimer, de progresiva racionalización, abstracción y reducción-. Zweig describe y caracteriza dicha edad a través de los siguientes elementos:

  • Fe en el progreso:

«Ahora, en cambio, superar definitivamente los últimos restos de maldad y violencia sólo era cuestión de unas décadas, y esa fe en el “progreso” ininterrumpido e imparable tenía para aquel siglo la fuerza de una verdadera religión; la gente había llegado a creer más en dicho “progreso” que en la Biblia.»

  • Paz y seguridad:

«Se creía tan poco en recaídas en la barbarie por ejemplo, guerras entre los pueblos de Europa como en brujas y fantasmas; nuestros padres estaban plenamente imbuidos de la confianza en la fuerza infaliblemente aglutinadora de la tolerancia y la conciliación. Creían honradamente que las fronteras de las divergencias entre naciones y confesiones se fusionarían poco a poco en un humanismo común y que así la humanidad lograría la paz y la seguridad, esos bienes supremos.»

  • Arrogancia:

«El siglo XIX, con su idealismo liberal, estaba convencido de ir por el camino recto e infalible hacía “el mejor de los mundos”. Se miraba con desprecio a las épocas anteriores, con sus guerras, hambrunas y revueltas, como a un tiempo en que la humanidad aún era menor de edad y no lo bastante ilustrada.»

En este mundo, previo al atentado terrorista contra Francisco Fernando de Austria, crece un joven de raíces moravas y perteneciente a una rica familia judía residente en Viena. Su confortable situación le permite acceder a una educación privilegiada y, también, disfrutar de unos desahogados primeros años de vida.
Zweig es ajeno a todas aquellas problemáticas vinculadas a la denominada lucha de clases -directamente, la clase obrera parece no tener cabida en su mundo-. Pero, como buen conocedor del magma que se está fraguando en Europa y consciente de la importancia simbólica que tuvo Viena para el devenir de la tragedia europea, acierta en dibujar a la ciudad austriaca como un contrapeso de Berlín: la ciudad alemana, motor económico, enérgico y eficiente; la austriaca, oasis artístico, plácido y afable.
Frente a las fabricas, los vehículos y la velocidad de la ciudad moderna, Viena fija su atención en el teatro y, en concreto, el Burgtheater; éste, tal y como escribe Zweig, es el microcosmos que refleja el macrocosmos del imperio. Y es así, porque:

«En ninguna otra ciudad europea el afán de cultura fue tan apasionado como en Viena. Precisamente porque la monarquía y Austria no habían tenido desde hacía siglos ambiciones políticas ni demasiados éxitos en acciones militares, el orgullo patrio se había orientado principalmente hacia el predominio artístico.»

Viena 1920

Viena 1920

De entre todos los autores que se ocupan de narrar la caída del Imperio austro-húngaro, siempre me he sentido atraído por la figura de Gregor von Rezzori. Sus obras (reseñadas aquí y aquí), mucho más complejas y alambicadas que las del escritor austriaco, destilan, sin embargo, un carácter festivo, estrambótico y exagerado.  Zweig, en cambio, suele ser un autor directo, de escritura clarividente y capaz de arrojar luz hacia los rincones más oscuros del ser humano. Sin embargo, El mundo de ayer podría calificarse, sin lugar a dudas, como una obra oscura, no tanto por su estilo -éste, como siempre, es limpio, perfecto y de agradable lectura- como por el sentido trágico que contienen todas y cada una de sus palabras.
Mientras que La gran trilogía de Rezzori es una huida profundamente imbuida de humor y cinismo y en la que la memoria sólo sirve para reconstruir el mito del pasado, El mundo de ayer se encuentra hondamente afectado por la historia. La obra de Rezzori es producto de un novelista, en cambio, El mundo de ayer es fruto de todo un intelectual consciente del verdadero peso de los recuerdos:

«Porque yo no considero a nuestra memoria como algo que retiene una cosa por mero azar y pierde otra por casualidad, sino como una fuerza que ordena a sabiendas y excluye con juicio.»

Poco a poco, entre nombres ilustres de la literatura y la música, la memoria de Zweig nos acerca al disparo. Viena se apagan, cierran algunos teatros y la Edad de oro de la seguridad ya no parece tal. Pero los jóvenes intelectuales, entre los cuales Zweig ocupa un papel importante, pero no dominante, son ajenos a dicho proceso:

«¿Qué significaban para nuestras vidas aquellas trifulcas a gritos? La ciudad hervía durante las elecciones y nosotros íbamos a la biblioteca. Las masas se levantaban y nosotros escribíamos versos y discutíamos de poesía. No veíamos las señales de fuego en la pared; sentados a la mesa como antaño el rey Baltasar, saboreábamos, despreocupados y sin temer al futuro, los exquisitos manjares del arte. Y tan sólo varias décadas más tarde, cuando las paredes y el techo se desplomaron sobre nuestras cabezas, reconocimos que los fundamentos habían quedado socavados ya hacía tiempo y que, con el nuevo siglo, simultáneamente había empezado en Europa el ocaso de la libertad individual.»

Frente a los movimientos obreros y nacionalistas, en definitiva, frente a la masa, el escritor austríaco se constituye como un ser de pura individualidad, europeísta y alejado de cualquier movimiento que suponga un perjuicio para la libertad del individuo.
¿Cabe crítica alguna hacia dicha posición? Cierto es que resulta, a toro pasado, manifiestamente polémica, primero, por su naturaleza abiertamente burguesa y segundo por su conformismo Pero criticar a Zweig sería un acto extemporáneo  y totalmente injusto, pues siempre actuó  de forma coherente con sus principios; actuó como un individuo, como un escritor europeo que tiene el fin único de «defender y proteger lo común y universal en el hombre.»
Entonces llegó el disparo:

«La sangre se subía a la cabeza de todos los Estados y la congestionaba. De la fecunda voluntad de consolidación interior surgió, a la vez y por doquier, un afán de expansión que se propagó como una infección vírica. Los industriales franceses, que hacían su agosto, estaban en contra de los alemanes, que también se hacían de oro, porque unos y otros querían más suministros de cañones: Krupp y Schneider-Creusot. La navegación hamburguesa, con sus colosales dividendos, trabajaba contra la de Southampton, los agricultores húngaros contra los serbios, unos consorcios contra otros: la coyuntura los había vuelto locos a todos, aquí y allá, llenos de un afán desenfrenado de poseer siempre más. Si hoy, reflexionando con calma, nos preguntamos por qué Europa fue a la guerra en 1914, no hallaremos ni un solo fundamento razonable, ni un solo motivo. No era una cuestión de ideas, y menos aún se trataba de los pequeños distritos fronterizos; no sabría explicarlo de otro modo sino por el exceso de fuerza, por las trágicas consecuencias de ese dinamismo interior que durante cuarenta años había ido acumulando paz y quería descargarla violentamente. De repente todos los Estados se sintieron fuertes, olvidando que los demás se sentían de igual manera; todos querían más y todos querían algo de los demás. Y lo peor fue que nos engañó precisamente la sensación que más valorábamos todos: nuestro optimismo común, porque todo el mundo creía que en el último momento el otro se asustaría y se echaría atrás.»

Francisco Fernando de Austria

Francisco Fernando de Austria

Destrucción

Homero, en el canto II de la Ilíada, describe a Tersites de la siguiente manera:

«Era el hombre más indigno llegado al pie de Troya: era patizambo y cojo de una pierna; tenía ambos hombros encorvados y contraídos sobre el pecho; y por arriba tenía cabeza picuda, y encima una rala pelusa floreaba. Era el más odioso sobre todo para Aquiles y para Ulises, a quienes solía recriminar.»[1]

Con apenas 26 años, Zweig publica una obra de teatro intitulada Tersites. ¿Por qué habría de dedicar alguien una obra de teatro a un personaje homérico menor y tan desagradable? Zweig responde:

«Siempre me ha fascinado la idea de mostrar el endurecimiento interior que en el hombre provoca cualquier forma de poder y el entumecimiento del alma que la victoria produce en pueblos enteros, para luego contrastarlos con el poder de la derrota, que agita al alma e imprime en ella profundos y dolorosos surcos. En medio de la guerra, mientras los demás se demostraban mutuamente la infalible victoria con prematuros gritos de triunfo, yo me precipité al más profundo abismo de la catástrofe y allí busqué la ascensión.»

Desde el 28 de junio de 1914, Zweig se sabe derrotado, se sabe un Tersites: ciudadano de un imperio que se desmorona y miembro de un pueblo que «siempre ha sido vencido por todos los demás pueblos». Aunque, con el fin de la primera guerra mundial, Zweig decide volver a Austria, ya nada es como antes: Viena ya no es el paraíso cultural que había sido. La semilla ya ha sido plantada; sólo es cuestión de tiempo para que otro disparo resuene por todo el continente. Porque tras la catástrofe de la Gran guerra nada ha cambiado, Europa sigue comandada por la pandilla de siempre, aquellos que la condujeron (y que Zweig sabe que volverán a hacerlo) hacia la ruina:

«Hoy todo el mundo sabe ―y unos pocos lo sabíamos ya entonces― que aquella paz había sido una posibilidad moral, quizá la mayor de la historia. Wilson la había reconocido. Con una gran visión, había trazado un plan para un entendimiento mundial auténtico y duradero. Pero los viejos generales, los viejos hombres de Estado y los viejos intereses destruyeron la gran idea, convirtiéndola en pedazos de papel sin valor. La gran promesa, la sagrada promesa hecha a millones de personas de que aquella guerra sería la última, lo único todavía capaz de arrancar las últimas fuerzas a soldados ya casi del todo desengañados, fue cínicamente sacrificada a los intereses de los fabricantes de municiones y a la pasión por el juego de los políticos que, triunfantes, supieron salvar su vieja y nefasta táctica de tratados secretos y negociaciones a puerta cerrada frente al sabio y humano reto de Wilson. Todos los que tenían los ojos abiertos y vigilantes vieron que los habían engañado.»

La lucidez de Zweig es tal que las páginas de El mundo de ayer no sólo describen la Europa de entreguerras; sus páginas también pueden ser leídas pueden leer también como un aviso a la Europa actual:

«La inflación, el paro, las crisis políticas y, no en menor grado, la estupidez extranjera habían soliviantado al pueblo alemán: para el pueblo alemán el orden ha sido siempre más importante que la libertad y el derecho. Y quien prometía orden (el propio Goethe dijo que prefería una injusticia a un desorden) desde el primer momento podía contar con centenares de miles de seguidores.»

Alemania, tras la Gran guerra, vuelve a crecer en el seno de una Europa lánguida. Zweig es consciente de ello y de que el cambio de era no sólo ha colapsado el sistema de vida de una minoría privilegiada, sino que también ha transformado la preponderancia de ciertos valores que, el poder en el dominio, considera debilidades anticuadas: ya no hay lugar en Europa para quien vive y lucha por la paz, la humanidad y el entendimiento mutuo.
Y entonces, sí, de nuevo, el estruendo. Zweig se encontró con aquello que más temía, una vez más, la guerra de todos contra todos.

Neville Chamberlain y Adolf Hitler. Munich. 1938

Neville Chamberlain y Adolf Hitler. Munich. 1938

Volvamos al Tersites: el escritor austriaco reconoce sentirse más atraído por la derrota que por la victoria, siente real fascinación por la capacidad del derrotado para convertir su derrota en victoria. Esta obra es, como casi el resto de su producción, breve y directa. Esto se debe a que Zweig siempre se ha declarado como un lector impaciente, al cual le «irrita lo prolijo, lo ampuloso y todo lo vago y exaltado». La verdad es que fue coherente con esa máxima en su faceta como autor; en sus obras destaca la ausencia de páginas innecesarias y superfluas. Pero también fue coherente con su impaciencia en el ámbito personal: el escritor que afirmaba que «sólo la ilusión, no el saber, hace al hombre feliz», no tuvo paciencia para esperar, aceptó su derrota y desapareció un veintidós de febrero en Petrópolis, Brasil, dejando un mensaje de pura dignidad humana:

«Saludo a mis amigos. ¡Ojalá puedan aún ver el amanecer! Yo, demasiado impaciente, me adelanto a ellos.»

El mundo de ayer es un relato biográfico, sí, su protagonista inmediato es Stefan Zweig, cierto, pero el verdadero objeto de este libro es Europa –el concepto etéreo de lo que debería llegar a ser un día Europa, y no esa suma informe de fronteras e idiomas-; una idea que, como el autor –uno de sus mayores defensores-, tras muchas tentativas, acabó suicidándose con la capitulación de Chamberlain frente Hitler en septiembre de 1938.


Datos del libro
Título: El mundo de ayer.
Autor: Stefan Zweig.
Editorial: Acantilado.
Web: http://www.acantilado.es/catalogo/el-mundo-de-ayer-43.htm


[1] HOMERO, La Ilíada, Madrid, España, Editorial Gredos, 2014.

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