La muerte de mi hermano Abel, Gregor von Rezzori.

«Todo lo que olvida el hombre de su propia vida, en realidad ya mucho antes
había estado condenado al olvido por un instinto interior…
Así que ¡hablad, recuerdos, elegid vosotros en lugar de mí y dad al menos
un reflejo de mi vida antes de que se sumerja en la oscuridad!»
Stephan Zweig

«It takes a long time to learn that that much celebrated “I” is never lost, but never really found either.»
Gregor von Rezzori

«La literatura es un arte basado en el abuso del lenguaje, en el lenguaje creador de ilusiones, opuesto al lenguaje transmisor de realidades.
Todo aquello que vuelve al lenguaje más preciso, todo aquello que exagera en él el carácter práctico, todos los sacrificios que le hemos impuesto con vistas a una transmisión más rápida y una difusión más fácil, es contraria a su función de instrumento poético.»
Paul Valéry

Europa, que nunca ha trascendido de su ser quimérico, es un cadáver. Además, se encuentra muy lejos de yacer apaciblemente en un ataúd. No, el destino ha sido cruel con ella: sus restos, putrefacción encarnada, hieden, se arrastran y pierden por el camino –su condena- lo poco que queda de sus miembros biliosos. Europa es un cadáver, pero no está muerta, su estado es mucho peor: es un zombi.

la muerte de Europa

La calavera, 1924. Otto Dix

A: El fin de Europa

El ideal europeo ha caducado; toda esa construcción –ensoñación- ha sido víctima de una convulsión propiciada por un siglo XX despiadado en cuanto a hechos y realidades (tras el veintiocho de junio de 1914 en Sarajevo o el 12 de marzo de 1938 en Viena  siguieron llegando una miríada de tremendos sucesos –creadores, estos, del tejido y las condiciones necesarias para que saltase la chispa-). Tras la chispa -o el incendio-, Europa (su idea, su tiempo, sus movimientos, sus creencias) ha dejado de ser lo que había sido y se ha convertido en … ¿ en qué diablos se ha convertido Europa?
A esta pregunta dedica Gregor von Rezzori gran parte de su literatura. Ejerciendo más como un paleontólogo que como un historiador, Rezzori huye de los grandes principios y desentierra pequeños momentos, objetos y escenas en su búsqueda por desvelar el zeitgeist. Así procede en La gran trilogía -collage pseudo-biográfico sobre el fin de la Belle Époque- y también en Edipo en Stalingrado –ocupándose aquí del Berlín de entreguerras-. Ambas obras son geniales, pero, si la brillantez de una novela se mide por su ambición, ambos libros quedan ensombrecidos por la gran obra rezzoriana: La muerte de mi hermano Abel.
Su punto de partida es similar al resto de la producción del escritor centroeuropeo: narrador que adopta ciertos rasgos de la biografía del autor (la condición de apátrida, su heterogénea familia, la profesión –escritor/guionista-,…) y que desgrana, huyendo de la narración lineal, la historia europea del siglo XX. Sin embargo, en La muerte de mi hermano Abel, Rezzori abandona sus lugares mitológicos (Czernowitz y Magrebinia) para situar a Arístides Subicz –protagonista y narrador- en el París contemporáneo. Desde la vencida ciudad de la luz, convertida ahora en un perfecto parque temático, Subicz recorre, de forma irregular, la historia y la tragedia de esta nueva Europa: «Hemos perdido nuestras patrias verdaderas y luego, con los lotófagos o en otra parte, las hemos olvidado en algún sitio, por el camino.»
Sin embargo, el porqué de su narración sí que difiere del resto de narradores rezzorianos: mientras el resto de sus obras construyen un retrato caricaturesco y pretenden reavivar, durante un instante al menos, el hechizo ya esfumado de un tiempo pretérito –si bien, únicamente, para ridiculizarlo-, Subicz, hombre pragmático, escribe un informe pericial: lo perdido no sólo está perdido, sino que también ha sido olvidado.
El giro copernicano europeo no es, en absoluto, una mera cuestión geográfica ni política; poco importa en qué lado del Atlántico se encuentra el poder. El giro es profundo y transversal, la vida ya no se vive en Europa:

«No lo va usted a creer, señor Brodny, pero así fue: la orquesta venezolana que tocaba tangos y la banda de negros del tío Agop convivían con Dadá y con las visiones de los constructivistas; el peinado à la garçonne  y el expresionismo al igual que la producción en serie de superfluos bienes de consumo y las luchas políticas callejeras; los clubes nocturnos de travestis y los movimientos por una reforma de la vida, la teoría de la relatividad de Einstein y el fascismo, Greta Garbo y el doctor Joseph Goebbels, Mistinguett y mister James Joyce, Mayakovski y las policías secretas de distinto color, todo aquello que, precisamente, hace que los años comprendidos entre las dos guerras mundiales nos parezcan hoy un paraíso perdido y que debemos al retorno de esa hija pródiga llamada América.
Justamente esa deliciosa mezcla de caos y estilización extrema, la decadencia y tormentosas esperanzas; la tensa convivencia entre la violencia gansteril y la fe más pura y abnegada en el ser humano, en su derecho a la felicidad, a la luz, a la belleza… Eran precisamente esos elementos mil veces contradictorios, los peligrosos extremismos, la explosividad de todas esas herencias y tendencias del espíritu de la época los que hacían de aquellos años un período de vida tan estimulante  como no se vio ninguno antes ni después, y probablemente fue, como diría Stella, la hora más europea de Europa.»

Esos elementos puramente europeos -esa deliciosa mezcla de caos y estilización extrema, la decadencia y tormentosas esperanzas– han sido enterrados bajo el proceso de homogeneización cultural y social; la artesanía europea, esa manera inestable e irrepetible de crear o pensar, ha sucumbido a sus nuevos dioses: «la avaricia por el dinero, el poder de la tecnocracia, la ciencia mal entendida.»
Cabe señalar, sin embargo, que, para el autor, el nortamericanismo –así denomina a este nuevo movimiento- no es un virus que tenga su origen en los Estados Unidos, sino que es, como indica en una entrevista con Bruce Wollmer, «esencialmente un fenómeno europeo»[1].

B: La disolución del individuo.

Afectada toda Europa por el norteamericanismo y convertida en una masa antropomorfa coronada por unos ojos ciegos y una boca que únicamente es capaz de devorar, se ha impuesto en ella el hombre-masa. Ortega y Gasset describe esta figura como un ser «previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas internacionales». Subicz bien podría encajar en dicha definición:
es un ser vaciado de su propia historia,

«En resumen, busco la otra mitad de mi vida en los residuos, en el eco -mejor dicho- de esa época a la que esa vida perteneció. Y aquella época puede identificarse en este eco, de un modo cada vez más claro, bajo la forma de un estilo. O con mayor precisión, desde el punto de vista de la historia del arte: la época de flirteo y noviazgo de Europa con América… Busco una Europa que todavía era europea.»

sin entrañas de pasado

«Hay demasiadas patrias en mi como para decidirme por una»

y dócil a las disciplinas internacionales

«Sin embargo, en los aeropuertos, las autovías, las gasolineras, los hoteles Hilton y los supermercados, en los estudios de cine y los palacios de oficinas de la provincia americana en la que se ha convertido Europa, allí ya no podré encontrarme nunca. En ninguna parte soy totalmente yo, ni en el ayer ni en este hoy, que no es más que un mañana anticipado, ficticio.»]

individuo y masaMas, no cabe considerar a Subicz como tal: él no se dejará arrastrar por la marea -«el mundo es un acontecimiento en el que no participo», escribirá- y pese a sufrir los males del siglo XX (Stella, su primera amante, desaparece en un campo de concentración; su primo, Wolfgang, cae en la Segunda Guerra Mundial,…) tampoco participará en ellos. Desde este punto de vista, Subicz es un individuo imbatible que vive-en-el-afuera y que, gracias a ello, ha desarrollado una perspicacia sublime y una postura sarcástica frente al zeitgeist.
Además, en Subicz, el imperio del zoon lógon ekhon aristotélico es indiscutible: el hombre es, en tanto que animal racional, lenguaje y sólo alcanza a ser aquello que éste le conceda –ya sea en forma de memoria (historia) o de mentira (ficción)-:

«Soy el hijo huérfano de ese mito, hijo tardío de una época que empezó a soñar al hombre como feliz habitante de ANTRÓPOLIS, aunque había nacido y crecido en la era de los gusanos que pululan entre los cadáveres de las ciudades. Por mis venas corre la nostalgia de una promesa, la de una época de felicidad, y me concede una grandeza por la que me siento culpable: y es por ello que debo creer en la posibilidad de escribir ese libro mío. Espero encontrar en él lo que ya no soy y lo que ya no tengo. Y sé que con ello me despojo del presente, lo socavo, de modo que de él sólo puede surgir un futuro carcomido. Mi pasado se despliega ante mí en forma de futuro, y eso no es sólo un juego de palabras: es mi última inocencia, y no quiero perderla.»

El narrador de La muerte de mi hermano Abel forma parte de una tribu muy minoritaria, la tribu de los últimos inocentes. Para ellos, la palabra escrita es un baluarte tras el que esconder su verdadero ser. El de Subicz -y me permito ir más allá- y el de Rezzori es un refugio decorado à la mode, pues toda la literatura rezzoriana juega entre el concepto de modernidad y postmodernidad; siendo su creación, necesariamente, literatura de literatura, narración de lo ya narrado y juego de máscaras. En este laberinto multi-referencial, la misión del lector de Rezzori no es otra que filtrar y separar una única y simple verdad entre todo el eco: el «yo jamás se pierde; aunque, a decir verdad, tampoco se encuentra
La contradictoria condición del yo rezzoriano hace de su obra, compleja en forma y fondo, un objeto aún más críptico y laberíntico ¿Es La muerte de mi hermano Abel un simple divertimento literario, un regateo perpetuo o, en cambio, es un auténtico proyecto literario -donde  resuenan los nombres de Proust, Musil, Heimito von Doderer,…-? Esta es una pregunta difícil de responder, pues si algo caracteriza a Rezzori es su escapismo: cual Houdini de la palabra, el escritor rehúye de categorías y biografías. La realidad es el enemigo y la ficción su única arma.

C. La imposibilidad de la novela

Resulta curioso que la mejor novela de Rezzori no sea una novela. De poder definir La muerte de mi hermano Abel, ésta sería un manual para escritores (que no un manual de escritura).
¿Por qué escribir, de qué escribir y cómo escribir? son las preguntas que sobrevuelan todo el texto. Preguntas que pueden sintetizarse en una sola: ¿Escribir? La respuesta de Subicz es rotunda: ¡Sí, por supuesto, pero no cualquier cosa!

«No se trata, como hace Nagel, de contar cualquier historia irrelevante con estilo literario, sino de crear una realidad a partir de ciertas existencias.»

Subicz duda de la posibilidad de escribir una novela después de Joyce, dado que ésta ha sido vampirizada por la omnipresencia del yo y la referencialidad. La novela tradicional resulta irrelevante en la era de la técnica y, en el mejor de los casos, es un entretenimiento comparable a acudir al cine o a cenar a un buen restaurante.
Retornando a la pregunta con la que cerraba el bloque anterior: ¿es La muerte de mi hermano Abel un mero juego literario, una historieta contada con cierta gracia o un martillazo a la realidad? Dejemos responder al narrador:

«Yo quiero decirlo todo en ese libro, todo lo que sé, lo que supongo y creo, lo que reconozco y percibo, todo lo que he vivido y experimentado, de la manera en que lo he vivido y experimentado, y de ser posible, por qué y con qué fin pude haberlo experimentado o vivido.»

La respuesta parece clara, ¿cierto? La novela se ha escindido entre la anécdota y la totalidad. Sin cosmovisión no hay literatura. Sin espacio para el sujeto, entendido como elemento de disociación y grieta entre la realidad y la ficción, sólo queda el chiste. A un lado del ring, El hombre sin atributos  de Musil y en el otro, la trilogía The century de Follet. Por ahora parece que el combate lo va ganando -si no lo ha ganado ya- el segundo.

Witold Gombrowicz escribe que «el yo es lo que ellos piden» y Rezzori no escatima en ofrecérnoslo. Si en el resto de sus libros encontramos cierta deferencia hacia el lector casual: concediéndole a éste, cual adulto obligado a enmascarar, entre dulces, el sabor del jarabe, una trama, un argumento y un variado grupo de personajes, en La muerte de mi hermano Abel encontramos únicamente y sin ambages el testimonio del enorme y rotundo yo de la segunda mitad del siglo XX.
Subicz (y Rezzori) no puede dejar de escribir y escribirse, pues «escriba lo que escriba, siempre, a la larga, me escribo a mí. Cualquier cosa que narro, siempre, a la larga, me narro a mí.» Por ello, Subicz (y Rezzori) no deja de fracasar en su intento de escribir la gran novela europea del siglo XX. También la literatura ha fracasado y lo hace, del mismo modo que Europa y sus individuos, por la incapacidad de soñarse:

«Sabemos que somos una especie sin futuro. Ayer aún podíamos soñarnos de cara al futuro, por anticipado Hoy nos soñamos en retrospectiva, mirando nuestro sueño de ayer. ¡Pero ánimo! ¿Cómo dice Novalis? Estamos muy cerca de despertar cuando soñamos que soñamos. ¿Y por qué no iba a ser igual en calidad de gusanos? Sin pasado, ¡por favor! Sin historia. Y también sin futuro. Criaturas del presente. Limitadas a la cruda existencia de comer y ser comidos. Gente-de-área-de-servicios-de-autovía. Limitada a un mero aquí-y-ahora. Y si esto no le conviniese, querido amigo, entonces sólo le resta emprender una huida hacia delante: hacia lo totalmente abstracto. La mariposa nocturna pura. Disolverse en una abstracción absoluta, como usted mismo, ahí arriba, en el azul del cielo. O como yo en mi existencia literaria: como un objeto de literatura.»    

portada-160

Gregor von Rezzori

No quedan ya grandes ideas, ni revoluciones ni movimientos. La abstracción dominante es una suerte de normalización y minusvaloración de la condición humana a su estado de «criaturas del presente.»
Todos hemos fracasado: Europa en su intento de alcanzar el ideal, el individuo en su afán por ser único y la novela en su prueba de poetizar la realidad. También La muerte de mi hermano Abel es un fracaso, pues el mismo texto que conforma la obra -una carta escrita por Arístides Subicz a su editor norteamericano, Brodny, para justificar su incapacidad para explicar su novela en tres líneas- es la sublimación del crónico tartamudeo rezzoriano, es decir, la incompetencia para hilvanar una verdadera novela:

«Espero que no le moleste, mi estimado mister YéiYiBrodny, que yo, en mi esfuerzo por desvelarle las distintas capas paleontológicas que han formado mi persona, no vaya desenredando de forma cronológica el hilo de mi relato, sino que tire de él a veces de un lado, otras veces del otro, a fin de revivir aquí o allá algún que otro instante significativo, alguna que otra situación o episodio reveladores, y, de ese modo, ilustrar lo que, por alguna razón determinada, a mí me parezca digno de ser narrado; un yo que, en una continua regeneración, se reproduce a sí mismo como un equiseto, pero que en esa fase de crecimiento segmentada en fases se va volviendo cada vez más ajeno e insondable para sí mismo, de modo que al final el tiempo vivido, el mundo experimentado le parecen el proscenio de continuos cambios, con infinidad de escenas y bastidores, en una pieza teatral cuyo autor no se ha atenido a la clásica regla de una unidad de tiempo y lugar -y donde, naturalmente, el protagonista de la tragicomedia es siempre alguien distinto, aunque en cierto modo siga siendo él mismo, un fantasma de sí mismo-.»

Mas, leyendo a Rezzori ¡quién pudiera fracasar como él!


[1]  http://www.diariodecuba.com/de-leer/1399973893_8551.html

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