La guerra no tiene rostro de mujer, Svetlana Alexievich

Todo relato contiene cierta verdad sobre su autor, incluso la historia no es ajena a dicho principio. Es, además de una suerte de relación cronológica de sucesos, el retrato –no intencional- de sus autores. Escrita con palabras de oro y marfil, habla de poder y progreso. Su naturaleza –elaboración subjetiva, a pesar de se pretensión de saber objetivo- la limita: el relato es fragmentado y no abarca el amplio espectro de un suceso, pues todo lo que es partícula, anécdota o instante escapa a su abrazo.
Ese espacio vacío es ocupado por el arte; su campo de juego hace frontera entre lo trascendente y lo trivial.La literatura está, en virtud de su esencia sintética, especialmente dotada para moverse entre lo universal y lo particular; entre el gran angular (Guerra y PazEl hombre sin atributos) y lo macro de (El procesoEl extranjero).
Alejada de estas dos grandes vertientes existe una tercera: la literatura que, sin ignorar el contexto histórico, presta oído a las voces individuales para construir desde la marginalidad un contra-relato paralelo e igualmente válido.

Voz y recuerdo

Svetlana Alexievich Portrait SessionEl suceso, la Segunda Guerra Mundial, es de sobras conocido. La historia ha canonizado las fechas, las cifras, localizaciones, causas y efectos. Todo es patrimonio de nuestra memoria. Esa es la verdad, pero no toda la verdad. Hay algo que se escapa, no se explica y que incluso, a veces, se esconde. La autora bielorrusa Svetlana Alexievich busca precisamente ese fragmento escondido y no hollado por el relato de la historia:

«Sobre los acontecimientos mismos se han escrito miles de páginas, se han rodado cientos de miles de metros de película. Pero a mí me interesa aquello que podríamos llamar la historia ignorada, los rostros sin rastro de nuestra estadía en la Tierra. Yo reúno los pensamientos, sentimientos y las palabras cotidianas. Intento comprender la esencia del alma».

Su búsqueda ignora los textos por reiterativos y asépticos –«Textos. Textos. Los textos están en todas partes […] Estoy escuchando… Cada vez me convierto más en una gran oreja, bien abierta, que escucha a otra persona. «Leo» la voz»-. La voz y el recuerdo son la arcilla que forma el vivo reflejo del pasado, el lugar donde se ocultan, en su estado puro y anterior a cualquier tratamiento, la alegría original y la invencible tragedia de la existencia.

Por su propia naturaleza, la publicación de La guerra no tiene rostro de mujer no fue nada fácil. Las críticas apuntaban y disparaban contra los elementos fundamentales de un libro formado por el recuerdo y las voces de cientos de mujeres: «los recuerdos no son historia y tampoco son literatura». El libro no merecía ser publicado puesto que mostraba «una guerra demasiado espantosa». Es decir, no se debía publicar por ser demasiado crudo y real ¡No tenía que ver la luz porque contenía demasiada verdad!
No cabe duda que La guerra no tiene rostro de mujer (y Voces de Chernóbil, El fin del homo sovieticus,…) es una lectura estremecedora; Alexievich da rienda suelta a los diferentes oradores, en una suerte de diálogo polifónico, y estos no se reprimen al relatar sus experiencias. Así, con los distintos textos aquí recopilados, logra realizar un retrato de un pueblo que se muestra, sin ambages,  dispuesto a lanzarse a la guerra y ser tan brutal y violento como ningún otro.
Este es el caso de Valéntina Pávlovna Chudaeva, que influenciada por un artículo de Ilia Ehrenburg[i] afirma que «nadie dispara sin que haya odio en su interior. Es la guerra, no un día de caza» o el de Liubov Ivánovna Lúbchik: «Se dice que en la guerra te conviertes en mitad humano, mitad animal. Totalmente cierto… No hay otra forma de sobrevivir. Si te limitas a ser humano, no hay salvación. ¡Perderás la cabeza! En la guerra uno debe recordar algo perdido dentro de sí. Algo arcano… Algo que procede de los tiempos en que el hombre no era del todo humano… No soy una persona muy culta, soy un simple contable, pero sé lo que digo».
Mas, la inmediatez lograda por la autora con esta forma de narrar, este ceder el trono del autor/narrador al pueblo, no puede ser nunca un aspecto negativo, dado que juega totalmente a favor del resultado final produciendo un texto brutal en el que la vida palpita a flor de página.
Destaca, por encima de todo, la capacidad de la escritora para abordar la dimensión humana en toda su amplitud sin caer en lo excesivo o artificioso. Ella escribe la voz de aquellos que nunca la han tenido y ésta suena como debe sonar: directa, sincera y real.

En algún lugar están esas palabras… Hace falta un poeta.epelg

El uso que hace Svetlana Alexievich del diálogo polifónico emparenta su trabajo con un libro publicado en 1917: El pueblo en la guerra, de Sofía Fedorchenko.
En esta obra, la escritora rusa, que ejerció de enfermera voluntaria en el frente oriental durante la primera guerra mundial, reúne opiniones, anécdotas, relatos y conversaciones que había ido anotando furtivamente durante su estancia en un hospital de campaña.
El libro se construye desde la oralidad; trasciende, así,  la figura del escritor y se erige en la voz inmediata del pueblo. En él habla un ruso cualquiera; ese -parafraseando a Jaime Fernández, autor del prólogo de la edición española- Iván genérico que aglutinaba a todos los ivanes que se propagaban por el vasto Imperio ruso y que no había podido hablar en público, y menos al público lector, porque su voz no existía ni estaba dotado de aptitudes para ello.
La guerra no tiene rostro de mujer también concede un lugar preponderante al relato oral y popular, pero no a uno cualquiera; aquí quien habla son las mujeres:

«La aldea de mi infancia era femenina. De mujeres. No recuerdo voces masculinas, Lo tengo muy presente: la guerra la relatan las mujeres. Lloran. Su canto es como el llanto».

La utilización del diálogo polifónico no es el único vínculo entre ambas obras, puesto que en uno y otro libro las figuras del autor y del personaje se diluyen; el sujeto literario es, exclusivamente, esa voz que habla y que llega a las «páginas desde la vida misma».La voz, convertida en un coro épico, retrata a un pueblo con sangre en las venas y un corazón fuerte, pero sin palabras que expresen su tragedia:

«No sé… A ver, yo entiendo lo que me pregunta, pero mi vocabulario no llega… Mi vocabulario… ¿Cómo describirlo?… Hace falta… Que el espasmo ahogue, tal y como me ahoga a mí: de noche, en silencio. De pronto me acuerdo. Y me ahogo. Tiritando de escalofríos. Así es… En algún lugar están esas palabras… Hace falta un poeta…»

«Hace falta un poeta», dice una de las voces de La guerra no tiene rostro de mujer.Todo pueblo necesita un escritor como Svetlana Alexievich (o como Sofia Fedorchenko) que busque y encuentre las palabras que los silenciados y mutilados no han podido encontrar. Su labor es la de los grandes poetas, la de la creación pura, el arte de dar forma a la expresión verbal, dotar de contenido al silencio abismal de nuestra existencia y, así, desentrañar ese gran enigma denominado hombre:

«Para descifrar el misterio intento reducir la Gran Historia hasta darle una dimensión de persona. Espero hallar las palabras. Porque en este terreno supuestamente reducido y cómodo para la observación, en el espacio de una sola alma humana, todo es aún menos concebible, menos predecible que en la Historia. Me encuentro ante las lágrimas vivas, ante los sentimientos vivos. Ante un rostro humano real, al que durante la conversación recorren sombras de miedo y de dolor.»

La obra de la escritora bielorrusa es, sin lugar a dudas, una noble vindicación del individuo y la literatura. Y, en tanto que oda a los silenciados, debe ser leída:

«Las grandes ideas necesitan hombres pequeños, no les interesan los grandes hombres. Un gran hombre es excesivo e incómodo. Es difícil de moldear. Yo en cambio busco al pequeño gran hombre. Ultrajado, pisoteado, humillado, aquel que dejó atrás los campos de Stalin y las traiciones, y salió ganador.»

Superen el atávico horror a la verdad  y concédase el honor de leer a Svetlana Alexievich, porque, como ella misma escribe, recordar asusta,  pero no recordar es aún más terrible.


[i]«Debemos matar. Si no has matado al menos un alemán en un día, has derrochado ese día […] Si no puedes matarlo con una bala, mátalo con una bayoneta. Si tu sector del frente está tranquilo, o estás esperando para un gran ataque, mata un alemán mientras tanto. Si dejas un alemán vivo, él matará a un ruso, violará a una rusa. Si ya has matado a un alemán, mata a otro. Nada nos es más grato que un montón de cadáveres de alemanes. No cuentes los días. No cuentes los kilómetros. Cuenta solamente el número de alemanes que has matado. Mata al alemán, es lo que te pide tu abuela. Mata al alemán, es lo que te pide tu hijo. Mata al alemán, es lo que te pide tu patria. No lo olvides. No lo dejes pasar. Mata». Ilyá Ehrenburg

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