El fin del homo sovieticus, Svetlana Alexiévich.

AJMATOVA2

Anna Ajmátova

En el canto y la ceniza, Anna Ajmatova describe la siguiente escena:
«Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer -los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba sólo en susurros):
¿Y usted puede dar cuenta de todo esto?
Yo le dije:
-Puedo.»

Esta anécdota da la medida de la importancia que los escritores tenían para el pueblo ruso. Ossip Mandelshtam ironizaba sobre ello, diciendo que en ningún otro país la literatura tenía tanta importancia como en la Unión Soviética, donde se llegaba a matar por ella. Sabía de qué hablaba; murió en un campo de trabajo en el año 1938 tras ser detenido por haber escrito los siguientes versos:

Vivimos sin sentir el país a nuestros pies,
nuestras palabras no se escuchan a diez pasos.
La más breve de las pláticas
gravita, quejosa, al montañés del Kremlin.
Sus dedos gruesos como gusanos, grasientos,
y sus palabras como pesados martillos, certeras.
Sus bigotes de cucaracha parecen reír
y relumbran las cañas de sus botas.

Entre una chusma de caciques de cuello extrafino
él juega con los favores de estas cuasipersonas.
Uno silba, otro maúlla, aquel gime, el otro llora;
sólo él campea tonante y los tutea.
Como herraduras forja un decreto tras otro:
A uno al bajo vientre, al otro en la frente, al tercero en
la ceja, al cuarto en el ojo.
Toda ejecución es para él un festejo
que alegra su amplio pecho de oseta.

Escritores los hubo (y los hay) de dos tipos: aquellos que colaboraron con el poder y que, ya antes del decreto de 1932 sobre La reconstrucción de las organizaciones literarias y artísticas, se habían dejado llevar, como un cuerpo inanimado que flota, por la corriente del realismo socialista. Reunidos alrededor de la Unión de Escritores Soviéticos, estos escritores medraron gracias a premios y privilegios. A cambio, solamente tuvieron que convertirse en los voceros oficiales del régimen.
En el otro lado se encontraban todos los demás: los indiferentes y también los insurrectos. Defensores de la palabra libre, fueron, muchos de ellos, ignorados y silenciados y otros, los menos, represaliados o directamente desaparecidos en la tela de araña de la Lubianka y del horror stalinista.
Mas, el tiempo suele traer juicios ecuánimes. Gran parte de los escritores del realismo socialista han sido borrados de los libros de literatura. Sus méritos se derrumbaron tras el Discurso secreto -la denuncia que hizo Nikita Jruschov de los crímenes del stalinismo en 1956-. Sin embargo, los nombres y las obras de, por ejemplo, Shalámov, Bulgákov o Solzhenitsyn volvieron a la vida y, hoy en día, siguen siendo leídas y apreciadas.

Svetlana Alexievich Portrait Session

Svetlana Alexiévich

No sería de extrañar que, pasadas unas cuantas generaciones, junto a los nombres de los defensores de la palabra libre, recordemos, con toda justicia, el de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich.

¿Y usted puede dar cuenta de todo esto? Puedo
Premio nobel de literatura en el año 2015 y periodista de formación, Aléxievich trabaja en su obra directamente con la masa madre de la tragedia -los testimonios de los protagonistas-. No hay en sus libros intento alguno de ficcionalizar o suavizar el testimonio. Ello la ha situado, voluntaria o involuntariamente, junto a Anna Ajmátova, en Leningrado, haciendo cola a las afueras de la cárcel, mientras que el pueblo acude a ella con la esperanza de que pueda dar cuenta:

¿Lo estás apuntando todo? Tú escribe, ¡escribe! Te contaré más cosas… Que yo penas tengo más de una saca llena

Y ella puede. Da cuenta de todo. Ella lo escribe y lo apunta todo, porque ese todo empieza en lo minúsculo, en lo individual. Alexiévich reconoce que observa el mundo con ojos de escritora, no de historiadora y que, por ello, escribe «las migas de la historia del socialismo doméstico, del socialismo interior» y concluye que «siempre me ha atraído ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano, uno solo… Porque, en verdad, es ahí donde ocurre todo».
Mas, para ser capaz de contarlo todo, de hacer frente a la necesidad del pueblo de tener voz, el escritor debe perseguir, parafraseando a Nadiezhda Mandelshtam, no el esplendor y el espanto del sino individual, sino el sencillo camino en tropel y en manada.
Y pudiera llegar a parecer contradictorio el querer relatar el espacio que ocupa un solo ser humano con este deber de alejarse del esplendor y espanto del sino individual. Sin embargo, arrojamos luz si acudimos, de nuevo, a Nadiezhda Mandelshtam y somos conscientes de que «el poeta (aquí aplicado a aquel que da voz a la manada) no es más que un hombre y que, por tanto, le debe ocurrir lo más habitual, lo más característico y corriente para el país y la época».

El coro
En El nacimiento de la tragedia, Friedrich Nietzsche escribe:
«El coro es, sin embargo, la expresión suprema, es decir, dionisíaca de la naturaleza, y por ello, al igual que ésta pronuncia en su entusiasmo oráculos y sentencias de sabiduría: por ser el coro que participa del sufrimiento es a la vez el coro sabio, que proclama la verdad desde el corazón del mundo.»

La recuperación de la figura del coro dionisíaco no es gratuita. Frente a la contradicción indicada anteriormente, la escritora bielorrusa hace uso del coro, por ser éste participe del sufrimiento y proclamador de la verdad desde el corazón del mundo. La construcción del coro dionisiaco, a través de la recopilación de cientos de testimonios, le permite llegar a esos espacios minúsculos sin caer en las formas de la épica (el esplendor y espanto del sino individual). Y es en El fin del Homo Sovieticus donde alcanza un mejor resultado su esfuerzo por fundir el relato minúsculo y la pretensión de ser la voz que da cuenta de todo.

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«Una perspectiva única y desgarradora sobre la guerra de Afganistán.»

Esto se debe a que, dicha obra, no se centra, como el resto de sus libros, en un fenómeno histórico concreto (Guerra de Afganistán, accidente nuclear de Chernóbil o la Segunda Guerra Mundial), sino que se ocupa de toda una era: la Unión Soviética.
De hecho, el motto de la obra es retratar el fin de la Unión Soviética, pero la escritora bielorrusa opta por no silenciar o acotar el torrente de sus testigos; ellos se extienden más allá de la memoria -«Mi memoria flaquea, pero mi alma no olvida…»– y hablan del pasado, de la revolución, la guerra, el presente y, como no, del futuro.
Y se produce el milagro, porque El fin del homo sovieticus no es una mera crónica del fin de una era, su aspiración alcanza a retratar toda una esencia: la rusa.

Desde la revolución a la caída del muro y el desmembramiento de la URSS, las diversas voces que Alexiévich recoge dan forma a una esencia que, parafraseando a una de aquellas voces, hace que en Rusia todo pueda cambiar en cinco años, pero no cambie absolutamente nada en doscientos.
Y esto es posible gracias a una autora imprescindible que, como hiciera Ajmátova para con aquellos individuos que depositaron en ella sus esperanzas, ha tenido la valentía de no temer a la historia y no apartar, como hicieran tantos otros, los ojos.


Para finalizar, una serie de testimonios variopintos aparecidos en El fin del homo sovieticus:

Los soñadores nostálgicos
«Pero el ideal comunista todavía no ha muerto entre nosotros. Ni se ha agotado en el mundo tampoco. ¡Ni hablar! Los hombres nunca dejarán de soñar con la Ciudad del Sol. Los hombres tienen sed de justicia desde que iban cubiertos de pieles y vivían en cuevas. Recuerde las películas y las canciones soviéticas… ¡De qué elevados sueños hablaban! De qué fe… Oiga, soñar con tener un Mercedes-Benz no es soñar de verdad…»

La generación avergonzada
«Somos una generación de cobardes y traidores. Esa será la sentencia de nuestros hijos cuando conozcan lo que hemos hecho. «Nuestros padres vendieron un gran país por un puñado de tejanos, cigarrillos Marlboro y unos chicles», dirán».

Los satisfechos
«Elegimos una vida hermosa. Nadie quería ya una muerte hermosa, sino una vida bella. Que el pastel no fuera lo suficientemente grande como para dar de comer a todo el mundo es otra cosa…»

Los desengañados
«Resulta que no era la libertad lo que ansiaban: ¡todo era para tener unos tejanos! ¡Y supermercados! Se vendieron por unos envoltorios bonitos… Se vendieron por unos envases de colorines… Ahora tenemos, las tiendas llenas a rebosar, como en el extranjero. Hay abundancia de todo. Pero las montañas de embutidos no tienen nada que ver con la felicidad. Ni con la gloria. ¡Éramos un pueblo lleno de grandeza! Y ahora nos han convertido en un pueblo de traficantes y pillos, de tenderos y gerentes…»

Los conformistas
«¡Nos hemos hartado de grandeza! Ahora anhelamos cosas de talla humana, cosas normales, comunes»

Y un largo etcétera.

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