Sin novedad en el frente , Erich María Remarque

Soy joven, tengo veinte años, pero no conozco de la vida más que la desesperación, el miedo, la muerte y el tránsito de una existencia llena de la más absurda superficialidad a un abismo de dolor. Veo a los pueblos lanzarse unos contra otros, y matarse sin rechistar, ignorantes, enloquecidos, dóciles, inocentes.

Cuando, el veintiocho de junio de 1914, en Sarajevo, el joven Gavrilo Princip asesina al Archiduque Franz Ferdinand, otro joven, Erich Maria Remarque, de dieciséis años, no podía imaginar que aquel suceso iba a tener una influencia tal que su juventud, y la de millones de otros jóvenes europeos, había desaparecido junto al Archiduque.
Años después, en 1917, la guerra se encuentra estancada en las trincheras, los motines, debido a la penosa situación en la que se encuentran los soldados, son un hecho común e incluso grandes voces como la del presidente Woodrow Wilson o el papa Benedicto XV promueven una paz negociada que acabe con la barbarie. En abril de ese mismo año, los Estados Unidos de América proclaman la guerra contra Alemania, un mes después, el doce de junio de 1917, Erich María Remarque es transferido al frente occidental; tumba de millones de hombres que, inmovilizados en sus trincheras, esperaban la muerte por bala, enfermedad o inanición.

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Erich Maria Remarque

Sin juventud. Sin porvenir

Sin novedad en el frente es la crónica personal de Paul Baümer, soldado alemán que es reclutado y enviado junto a sus amigos y otros jóvenes (Kropp, Müller, Tjaden, Katczinsky,…) al frente occidental durante la primera guerra mundial. Todos ellos, entendidos individualmente, pero observados de forma conjunta, conforman una instantánea de la juventud alemana de principios del siglo XX: Hijos de una potencia mundial, miembros de uno de los primeros estados sociales de Europa, dueños del presente y del futuro y, debido a todo ello, grandes nacionalistas y poseedores de una fe aparentemente inamovible respecto a los poderes fácticos y a la alta dirigencia. Hechizados, los jóvenes se lanzan a proteger con orgullo, gallardía y entusiasmo los intereses de su país. El honor y el heroísmo es lo único que les ocupa, no hay lugar para nada más. Pero el hechizo se desvanece pronto:

«Deberían haber sido para nosotros, jóvenes de dieciocho años, mediadores y guías que nos condujeran a la vida adulta, al mundo del trabajo, del deber, de la cultura y del progreso, hacia el porvenir. A veces nos burlábamos de ellos y les jugábamos alguna trastada, pero en el fondo teníamos fe en ellos. La misma noción de la autoridad que representaban les otorgaba a nuestros ojos mucha más perspicacia y sentido común. Pero el primero de nosotros que murió echó por los suelos esa convicción. Tuvimos que reconocer que nuestra generación era mucho más leal que la suya; no tenían más ventajas respecto a nosotros que las palabras vanas y la habilidad. El primer bombardeo nos reveló nuestro error, y con él se derrumbó la visión del mundo que nos habían enseñado.»

Aquel primer bombardeo desvanece el hechizo, ridiculiza la fe en la nación, deslegitima a los cien mil Kantoreks existentes (Kantorek es el profesor que, de cierta manera, obliga a Baümer y a sus compañeros a reclutarse) y revela a los jóvenes soldados la verdad de la guerra y del mundo. Poco después del bombardeo, uno de los soldados más jóvenes es alcanzado por una bala, lo trasladan al hospital y allí fallece. El inevitable shock inicial da paso al sentimiento de injusticia:

«Mientras se bañaba, Franz Kemmerich parecía pequeño y delgado como un crío. Ahora está ahí tendido. ¿Por qué? Sería preciso traer al mundo entero junto a esta cama y decirle: Este es Franz Kemmerich, tiene diecinueve años y no quiere morir. ¡No le dejéis morir!»

Y posteriormente al cinismo:

«¿Juventud? Ninguno de nosotros tiene más de veinte años, pero en cuanto a ser joven, en cuanto a juventud… Todo eso ha terminado desde hace mucho tiempo. Somos unos viejos.»

Enfrascados en la guerra de trincheras, los personajes de Sin novedad en el frente son la voz que lanza un alegato generacional y una embestida acusatoria contra aquella que les ha enviado al infierno: ¿Qué dirán los que se han quedado en casa si ellos consiguen sobrevivir? ¿Qué les espera a las personas que, a pesar de tener poco más de veinte años, hace mucho que dejaron de ser jóvenes? ¿Qué futuro tiene aquel que agotado, deshecho y sin raíces ya no espera nada?

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Sturmtruppe geht unter Gas vor, Otto Dix

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Der krieg, Otto Dix

La experiencia transformadora de la muerte

Ya transformados en un ser en el que no cabe la juventud, pues todo él es experiencia de la muerte, y conscientes plenamente de ello, Baümer y sus compañeros transmutan en una maquina adaptativa de la guerra en la que lo único que importa es la supervivencia:

«La vida, aquí en la frontera de la muerte, es extraordinariamente simple, se limita a lo estrictamente necesario; el resto permanece dormido. En eso radica nuestro primitivismo y nuestra salvación. Si nos comportáramos de otro modo, habríamos enloquecido, desertado o perecido hace tiempo. Como en una expedición a las tierras polares, toda manifestación vital tiene que reducirse únicamente a conservar la existencia y debe forzosamente orientarse en ese sentido. El resto está de más, ya que consumiría energías inútilmente. Es el único modo de salvarnos y a menudo no me reconozco a mí mismo cuando en las horas de descanso el reflejo misterioso del pasado me revela, como en un espejo empañado, el contorno de mi actual existencia; entonces me admira que esa inefable actividad que conocemos por vida haya podido adaptarse incluso a esa forma. Todas las demás manifestaciones están sumidas en un sueño letárgico; la vida no es más que un constante estado de alerta contra la amenaza de la muerte, que nos ha convertido en bestias pensantes para concedernos el arma del instinto; ha embotado nuestra sensibilidad para que no desfallezcamos ante el horror que, con la conciencia lúcida, nos aniquilaría; ha despertado en nosotros el sentido de camaradería a fin de líbranos del abismo del aislamiento; nos ha dotado con la indiferencia de los salvajes para que, a pesar de todo, podamos encontrar siempre el elemento positivo y que nos sea posible conservarlo como defensa contra los ataques de la nada. De este modo vivimos una existencia aislada y difícil, de extrema superficialidad, y sólo de vez en cuando un acontecimiento hace saltar algunas chispas en nuestro interior. Pero entonces se levanta en nosotros una enorme llamarada de terrible anhelo.»

No existe en ellos más que instinto, miedo y desesperación. Esta máquina adaptativa no sucumbe, por norma general, en ningún momento; es tan perfecta que se aclimata a cualquier entorno y situación, ya sea ésta un bombardeo, la trinchera o el hospital. Es el apogeo de la supervivencia por la supervivencia, dejando de lado la guerra, pues para los soldados ésta ya no existe; no se trata de vencer, conquistar o aniquilar al enemigo, se trata de mantenerse a salvo, mantenerse vivo. Tal experiencia, producida por la vivencia directa de la muerte, lo posee todo: el mundo es muerte, el muerto es muerte e, incluso, el vivo, aquel que pese a todas las trabas consigue sobrevivir, también es muerte. Remarque describe de forma brillante este proceso:

«Asiento, pensando qué puedo decirle para animarlo. La línea de los labios ha desaparecido, la boca parece mayor, le sobresalen los dientes como si fueran de yeso. La carne se funde, la frente se curva cada vez más, los pómulos se afilan. El esqueleto se abre paso desde dentro. Los ojos ya empiezan a hundirse. Dentro de unas horas habrá terminado todo. No es el primero que veo en ese estado; pero crecimos juntos, por eso es distinto.»

Destacar ese esqueleto (que) se abre paso desde dentro: La muerte no resulta ajena, no es un elemento exógeno, la muerte está aquí, dentro de todo y de todos, pero solamente se hace visible para aquellos que, como Baümer, Katczinsky o Müller, han sido objetos de la experiencia transformadora de la muerte. La transformación que sufren los personajes de Sin novedad en el frente les abre un mundo de experiencias y sensibilidades nuevas y diversas, bajo las cuales, incluso la tierra adquiere una significación distinta:

«Para nadie la tierra es tan significativa como para el soldado. Cuando se aprieta contra ello, largo rato, con violencia; cuando hunde en ella el rostro y los miembros sintiendo pavor frente al fuego, entonces la tierra es su único amigo, su hermano, su madre; el soldado gime su terror y sus gritos en su silencio y su recogimiento; la tierra lo recibe y lo manda de nuevo a diez segundos de carrera y de vida, y luego lo recibe de nuevo, quizá para siempre.
¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!
¡Tierra, con tus relieves, cavernas y profundidades adonde uno puede lanzarse y esconderse! ¡Tierra, en las convulsiones del horror, en las explosiones de la destrucción, en los mortíferos aullidos de las explosiones, nos ofreces la inmensa contraofensiva de la vida recuperada! La tempestad enloquecida de la existencia casi destrozada refluye de ti a través de nuestras manos, de modo que, una vez salvados, ahondamos en ti y en la alegría angustiosa y muda de haber sobrevivido a ese minuto, hundimos los labios en ti.»

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Tropas alemanas en Sedán, 1917.

También, imbuidos por la transformación, el lenguaje se les vuelve ajeno, las palabras no les alcanzan y la historia se convierte en un hecho trivial:

«¡Qué inútil debe ser todo lo que se ha escrito, hecho o pensado en el mundo, cuando todavía es posible que suceda algo semejante! Forzosamente todo debe ser mentira, todo debe ser fútil si la cultura de miles de años ni siquiera ha podido impedir que se derramaran esos torrentes de sangre ni que existieran esas cárceles de dolor y sufrimiento.»

No combaten los que deberían. Nunca

El compañerismo, ese vínculo que existe entre aquellas personas que comparten algo o corren la misma suerte, es un sentimiento que se fortalece en tanto en cuanto las circunstancias enfrentadas son más adversas. Por ello, no sorprende que entre todos los miembros del regimiento se vaya generando y multiplicando la buena sintonía que ya, al inicio de la novela, había entre ellos.
En Sin novedad en el frente el nosotros cobra realmente fuerza. El sentimiento de compañerismo, el deber con el otro –que no con la bandera- es tan fuerte que impide el abandono:

«Mientras ellos seguían escribiendo y discurseando, nosotros veíamos ambulancias y moribundos; mientras ellos proclamaban como sublime el servicio al Estado, nosotros sabíamos ya que el miedo a la muerte es mucho más intenso. Por eso no nos convertimos en rebeldes, ni en desertores ni en cobardes –ellos se servían de esas expresiones con gran facilidad-: amábamos a nuestra patria tanto como ellos, y nos aprestábamos al combate con coraje; pero ahora teníamos capacidad de discernimiento, de improviso habíamos aprendido a ver y vimos que no quedaba ni rastro de su mundo. De pronto nos sentimos solos, terriblemente solos; y solos debíamos enfrentarnos a ellos.»

La soledad pertenece a aquel que ya no tiene lugar en el mundo. Por suerte, el soldado tiene a sus compañeros y, junto a ellos, no está solo. El compañerismo constituye para Baümer su salvación y este compañerismo se encuentra alimentado por el sentimiento de injusticia del que hablaba al inicio; los vínculos que se establecen entre los soldados son tan fuertes e imborrables porque emanan de un sentimiento de pertenencia a un nosotros antitético a un ellos que se encuentra fuera de la guerra.
La muerte, el miedo, la desesperación, la enfermedad,… todo ello se da en la guerra, pero también de ella nace el verdadero compañerismo, incomprensible, pero indestructible. El compañerismo entre Tjaden, Kropp, Baümer y los otros es una respuesta ante la injusticia y la traición de los miles de Kantoreks existentes en el mundo –predicadores fatuos que desde el fuego del hogar cantan a la épica y a la heroicidad en la guerra-, porque, citando a Remarque no combaten los que deberían.

Alegato, crónica y denuncia, todo ello es Sin novedad en el frente, pero también narración brillante, directa y deliciosa. Un texto indispensable para comprender un suceso histórico que fue el punto de partida para el desastre en que se convirtió Europa durante el siglo XX.

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