La disputa por el Sargento grischa, Arnold Zweig.

El Olimpo literario es caprichoso y cruel. Piense en un escritor centroeuropeo de origen judío y nacido a finales del siglo XIX –entre el 1880 y el 1889-. Durante los

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Arnolds Zweig (1886 – 1968)

primeros años de madurez es testigo, o quizá algo más, de la Primera Guerra Mundial y posteriormente cronista del derrumbe de un imperio. Tras el ascenso del nacionalsocialismo decide exiliarse. Su obra es el reflejo del fin de una era; una literatura que se encuentra a caballo entre la morosa elegancia del siglo XIX y la desgarradora literatura del primerizo siglo XX. Este escritor se apellida Zweig, ¿le suena? Pero, recuerde aquello de la crueldad del olimpo literario, por ello, a nuestro Zweig, que responde al nombre de Arnold, le pertenece un lugar mucho más concurrido y bastante menos glamuroso que al celebérrimo Stefan: la trinchera de los grandes escritores que ya nadie (o casi nadie) lee.

Publicada en 1927, La disputa por el sargento Grischa es un clásico por derecho, pero no de facto. Sobre ella se ha dicho que es una de las grandes novelas antibélicas, aunque resulta difícil definirla como tal. De hecho, apenas es una novela sobre la guerra; cierto, el contexto histórico es el de la Primera Guerra Mundial, pero en ella no hay, como si se puede encontrar en la brillante y desgarradora Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque, una exhausta descripción de las condiciones de vida de los soldados de la gran guerra o una protesta, un quejido, por lo que Remarque entiende que fue la ridícula perdida de toda una generación de jóvenes alemanes. La novela de Arnold Zweig trata tangencialmente estos aspectos, pero su mirada no está fija en ese presente, sino que se desplaza hacia el futuro.
El desafortunado sargento Grischa responde al nombre de Paprotkin y es mando del campamento forestal de prisioneros de Navarisckij. Grischa decide darse a la fuga e intentar alcanzar su querido hogar, Lituania. Por el camino, en un decisión que marcará el resto de su existencia, adopta el nombre de Byuschev, un soldado alemán ya fallecido, sin saber que sobre él pende una sentencia de muerte por deserción. Cuando es, de nuevo, atrapado por las autoridades alemanas, su doble identidad y condición, la de Grischa/soldado ruso/enemigo y la de Byuschev/soldado alemán/desertor hace estallar una disputa entre dos estamento del ejército alemán: unos lo reconocen como Grischa y defienden su condición de prisionero y otros, pese a la evidencia–el sargento ruso, a todas luces, no es alemán- lo reconocen como Byuschev y, por tanto, quieren que se ejecute la sentencia:

«Aunque la identidad del condenado Byuschev ha sido presuntamente comprobada, hasta cierto grado, con la de un prisionero de guerra de nombre Paprotkin, Mando del campamento forestal de prisioneros de Navarisckij, bajo más altos puntos de vista no puede hablarse, sin embargo, de una plena demostración de identidad, tanto menos cuanto que, de acuerdo con el señor jefe del Cuartel General, ha de hacerse notar que el lado jurídico del caso tiene que pasar a segundo plano de modo decisivo ante el político-militar»

Lucha de (y por el) poder

-El estado crea el Derecho; el individuo es un piojo.
-¿Crea el Estado el Derecho? No, pero el obrar el derecho
mantiene a los Estados

La disputa por el sargento Grischa bien podría haberse titulado Von Lychow  versus Schieffenzahn, pues son estos dos personajes -lo que cada uno representa, más bien- y la confrontación que se establece entre ellos –condensada en la última frase de la cita anterior: «ha de hacerse notar que el lado jurídico del caso tiene que pasar a segundo plano de modo decisivo ante el político-militar»- el verdadero motor de la novela.
El general von Lychow es miembro de la vetusta nobleza austrohúngara. Íntegro defensor del ideal de honor y justicia, considera que, el obrar en derecho es la máxima obligación del individuo y el fin último del estado. Su concepción sobre la relación entre justicia y estado padece, en cuanto que está sentenciada a muerte, de una fuerte influencia idealista:

«El buen derecho ilumina a los estados, el género humano puede malgastarse por ellos. Pero cuando el Estado comienza a practicar la injusticia, él mismo se condena y abdica […] Los estados son recipientes; los recipientes envejecen y revientan. Cuando no sirven ya al espíritu de Dios, se derrumban como castillos de naipes si el viento de la Providencia sopla sobre ellos.»

El estado, dice von Lychow, es el receptáculo de la palabra de Dios: la justicia. La condición ultraterrena de ésta, la hace adversa al cambio y difícilmente alcanzable para el hombre corriente, que ha sido capaz de aprender a volar, pero sufre para obrar en base a la justicia de forma espontánea. Por ello y porque, a ojos del General von Lychow, la nobleza obliga, él y los que son como él deben«llevar a los pueblos a sentir la Justicia sobre ellos, colgando de las estrellas».
Pero el mundo está cambiando -la guerra, la abolición del derecho electoral prusiano o la revolución rusa son signo de ello-.Los vetustos apellidos austro-húngaros están abocados a la extinción; sus valores y virtudes ya no son la sombra bajo la cual toda acción es juzgada. El mundo ahora huele a pólvora, gasolina y dinero y en él medran personajes como Schieffenzahn, que son la antítesis de la vieja aristocracia; sujetos a los que nobleza y honor les resultan extraños e ignotos.
El Schieffenzahn de Arnold Zweig es una abominación del incipiente estado alemán, caracterizado éste, principalmente, por la voluntad de poder. Los Schieffenzahn del mundo tienen el derecho, porque tienen el poder. El resto, nada es, nada importa:

«En su obra, nada le importaba menos que los deseos, las intenciones y las iniciativas de la población. Él, Schieffenzahn, comprendía la salvación de aquellas gentes mucho más claramente que ellas mismas. Eran menores de edad, necesitados de mando como la masa de soldados rasos del ejército, a la que hacía imbuir sus intenciones, sus pensamientos, sus instrucciones políticas mediante la «formación del espíritu nacional».

El lector de La disputa por el sargento Grischa sabe, pues la historia se lo ha enseñado, que la derrota del General von Lychow es inevitable. Las palabras de Arnold Zweig, cual oráculo, anticipan la historia futura de Europa y  Alemania. Tras Schieffezhan y su victoria se esconde el monstruo que devorará el viejo continente y el autor lo advierte:

«Para nosotros se trata de Alemania -habla Winfried, cansado-, que en el país cuya guerrera llevamos y por cuya causa estamos dispuestos a reventar entre la mierda y la miseria, sean ponderados el Derecho y la justicia de acuerdo con las leyes. Que este país amado no degenere mientras cree elevarse. Que nuestra madre Alemania no vaya a parar al lado falso del mundo. Pues quien se aparta del Derecho, está perdido».

Paprotkin o Byuschev

Y en esta gran historia ¿cuál es el papel que le queda por jugar al hombre corriente, al hombre pequeño? Resignarse a ser carne de cañón o revelarse. Grischa –en su condición Paprotkin- inicialmente, se revela, pues es un sujeto dominado por la inflexible determinación de quien tiene un objetivo, escapar y ser, ante todo, libre:

«Si aún pudiera esperar, ¿por qué no habría de hacerlo? Pero en su pecho no hay ya sitio para más esperas. En sus brazos hay un impulso desmesurado, cada vez más atrevido, de derribarlo todo, de desgarrarlo, de apartarlo a golpes a un lado».

«Pues ya no hay nadie que lo mande. Dentro de su recinto de madera, duerme cuando quiere, y vela, come y fuma cuando le place. Siente la enorme dicha de estar al fin una vez a solas consigo mismo. Mejor notar en los codos los duros maderos que tener un vecino a derecha e izquierda todas las horas del día y de la noche; mil veces mejor la dura y astillosa carga de maderos sobre la cabeza que la mirada, presencia y opresión del superior».

Mas Zweig no le concede demasiadas alegrías a este individuo. Con un toque ligeramente kafkiano, Grischa es zarandeado de un lado a otro por unas fuerzas geológicas incomprensibles para él, en tanto que se enfrenta a un mundo regido por el absurdo del poder y la burocracia:

«Aunque la identidad del condenado Byuschev ha sido presuntamente comprobada, hasta cierto grado, con la de un prisionero de guerra de nombre Paprotkin, Mando del campamento forestal de prisioneros de Navarisckij, bajo más altos puntos de vista no puede hablarse, sin embargo, de una plena demostración de identidad, tanto menos cuanto que, de acuerdo con el señor jefe del Cuartel General, ha de hacerse notar que el lado jurídico del caso tiene que pasar a segundo plano de modo decisivo ante el político-militar».

Entre el lado jurídico del caso y el político-militar, entre el General von Lychow y el General Albert Schieffenzhan, entre los grandes discursos y las esferas de poder, el Grischa Paprotkin (el soldado ruso) encarna la dignidad del individuo que prefiere la bala en la fuga que la bala en el muro, mientras que el Grischa Byuschev (el soldado alemán) representa el agotamiento de este mismo individuo que, incapaz de imponerse a ese océano amenazante de abuso y violencia, acaba perdido:

«¡La vida! ¡Ya estaba harto de sus luchas y penas! Si un hombre va a estar obligado a vivir siempre miserablemente, ¿no preferirá finalmente un salto, fácil o difícil, a la muerte mejor que tantas fatigas si es que aún le queda la decisión suficiente para llevar a cabo por sí mismo el saltar o el lanzarse de un gallo?».

Con un estilo plagado de realismo social y con ligeros tintes de ironía, Zweig da luz una novela espeluznantemente moderna, pues no sólo protesta contra el sinsentido de una guerra en particular, sino que logra realizar  un retrato minucioso y fiel de la perversidad del poder allá donde éste haga acto de presencia:

«Desde su altura, por encima de las dos filas y sus fusiles, ve a Grischa caminar con los hombros tirantes. Pero cuán crispadas se aprietan en su correa las pobres manos, amoratadas del frío, cómo se retuercen los dedos los unos alrededor de los otros, eso solo lo nota él. Una compasión infinita hacia aquel muchacho solitario y valiente, hacia aquel ruso inculto, le devuelve otra vez el sentimiento, este «recuerdo», subiéndole desde lo profundo, de que aquí cabalgaba un tribuno, él, Laurentius Pont, detrás de una cohorte que realiza un servicio en cualquier parte del gran «Imperium»…, mercenarios germanos que llevan a la muerte a un insurrecto contra la Ley del Imperio, simbolizada, por ejemplo, en el busto de Trajano o Adriano, a un velludo sármata, un hosco escita, un risueño samoguicio o un fanático judío moreno. El blanco país, ligeramente ondulado, lo mismo puede ser de blanca nieve que de blanca arena, o el blanco polvo calizo de Galilea o de la Galia, y lo inmutable de la naturaleza humana, al menos en un trecho tan corto como lo son dos mil años, apesadumbra su corazón».

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